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El maestro Ramiro Calle enumera los múltiples beneficios del Yoga.

1. Aprender a relajarse

Se extiende la persona sobre una superficie ni demasiado dura ni demasiado blanda, en posición decúbito supino, en una estancia tranquila y con una luz tenue. Se trata de ir desplazando el foco de la atención desde los pies a la cima de la cabeza, sintiendo las diferentes partes del cuerpo, tratando de sentir y aflojar, sentir y aflojar, acompañándose de una respiración preferiblemente abdominal y que es la más sedativa. Se dedica a la práctica diez minutos. Apuntar que el neurólogo berlinés Schlutz y como él mismo reconoce, ha inspirado su celebérrimo método del «entrenamiento autógeno» en el yoga.

2. Aprender a respirar

Existen muchas técnicas de control respiratorio, pero una de ellas está al alcance de cualquier persona y le llamamos la respiración completa o integral. Consiste en inhalar lentamente por la nariz y conducir el aire en primer lugar al vientre y el estómago; se continúa inhalando sin interrupción y se lleva el aire hacia la parte media del tórax y finalmente hacia la zona más alta. La exhalación es al mismo tiempo también por la náriz. Unas viente de veces es un magnífico tónico. Como decían los sabios chinos e indios, lo primero que debería hacer un ser humano es aprender a respirar.

3. Aprender a estirarse y masajearse

En este sentido tenemos en el yoga las postura o asanas, que trabajan en base a bien definidos y experimentados estiramientos y masajes, acompañadas de una respiración pausada y la mente muy atenta, aprendiendo así a interiorizarse y tomarse el cuerpo como un medio para intensificar la atención y acrecentar la consciencia. Millones de personas en todo el mundo practican asanas y son innumerables los médicos que recomiendan su práctica. La felixibilidad es vida y los asanas ayudan a alargar el músculo y flexibilizarlo.

4. Aprender a concentrarse

O sea adiestrarse en conseguir que esta mente tan dispersa se vaya concentrando. Hay innumerables ejercicios de concentración, que son como una fabulosa gimnasia cerebral, desde concentrarse en un color o una figura geométrica, hasta en una sensación corporal o un sonido.

5. Aprender a meditar

Seguir una serie de adiestramientos mentales y emocionales, que entrenan y desarrollan la mente, la cuidan y estabilizan, le procuran paz y bienestar, enseñándonos a pensar y dejar de pensar.

6. Aprender a sociabilizar

Es decir, ser más consciente al relacionarse con los demás, evitando herirles, utilizando la lengua no como un estilete para zaherir, tratando de hablar con ecuanimidad o si no se tiene algo interesante que decir o mejorar lo ya dicho. «Guardar el noble silencio», que dijera Buda.

7. Aprender a tener una actitud más positiva

Ya lo dijo Ramón y Cajal: somos los arquitectos de nuestro cerebro. Todos necesitamos tener  una actitud más atenta, sosegada, ecuánime, lúcida y compasiva. […]

 

Fuente: El Español.

Ejercicio y energía desde la perspectiva evolutiva. (Segunda parte).

Actividad física y estrés

En el Paleolítico, el estrés se componía de factores (frío, calor, peligro, hambre, sed, etc.) que exigían una reacción física (luchar o huir). Por tanto, en la respuesta al estrés el ejercicio físico desempeñaba un gran papel. Al contrario que en aquella época, en la actualidad el estrés se compone de factores emocionales, profesionales y sociales, pero pueden desencadenar la misma respuesta al estrés que los factores de estrés ancestrales. Incluso el peligro imaginario puede provocar una respuesta física de lucha o huida.  Sin embargo, la carga moderna de los sistemas de estrés ya no va acompañada de la consecuente actividad física necesaria para luchar o huir. La energía que es liberada por las reacciones al estrés para emprender acciones físicas quedará almacenada en el cuerpo en forma de grasa visceral en caso de que dichas acciones no se produzcan. ,   Las personas que hacen ejercicio con regularidad presentan a largo plazo niveles de cortisol y catecolaminas más bajos al reaccionar a acontecimientos estresantes.  La tolerancia al estrés está relacionada con la expresión de genes neuronales. La expresión genética requiere procesos epigenéticos como la metilación (desactivación)/desmetilación (activación) de ADN y acetilación (activación)/desacetilación (desactivación) de histonas. La investigación con roedores ha demostrado que el ejercicio físico provoca cambios significativos en estos procesos epigenéticos: influye en las reacciones epigenéticas al estrés.

Las respuestas al estrés que se producen ante un cambio en la demanda de energía se dan para dotar al individuo que lucha o huye de capacidades necesarias para su supervivencia. ,   En la evolución humana, esto siempre ha sido una ventaja. Los sistemas de estrés del ser humano están ajustados acorde con ello y siguen reaccionando de esta manera, porque la adaptación puede tardar miles de generaciones.  Los acontecimientos estresantes del mundo moderno muchas veces van acompañados (o se caracterizan) por una menor o ausente demanda de energía pero, aun así, hay gluconeogénesis. El resultado es un menor/inexistente consumo de energía, seguido por un almacenamiento de la glucosa liberada, principalmente en forma de grasa visceral.


Tracción y empuje dentro del concepto de órganos egoístas como el cerebro y el sistema inmune

El sistema de «tracción», basado en la atracción de energía, pone en marcha espontánea a los sistemas de órganos como el cerebro, el tejido adiposo y los músculos en busca de energía: comportamiento aprovisionador. Así, el ser humano puede buscar energía (alimento y agua), consumir estas fuentes y aumentar la cantidad de energía en la circulación sanguínea. Después, la energía reunida es entregada a diferentes tejidos siguiendo un orden jerárquico. El cerebro, que consume aproximadamente el 65% de la glucosa en circulación, es el primer órgano que hay que abastecer. Con una ingesta media de glucosa de 200 g/día, el cerebro consume 130 g/día, en función de la actividad neurológica (por la noche menos, por la mañana, mucho más). El uso intelectual de las neuronas aumenta considerablemente la tracción de energía por parte del cerebro: este proceso se llama en inglés energy demand (demanda de energía).

El corazón, los músculos, los riñones y el hígado están considerados como órganos muy caros. Cuando hay escasez crónica (hambruna), estos órganos pueden perder hasta un 40% de su volumen, mientras que el cerebro apenas baja de peso, e incluso se agranda relativamente: un claro ejemplo de la mencionada distribución jerárquica de la energía. Los músculos y la grasa regulan los sistemas de tracción produciendo, respectivamente, insulina y leptina. La producción de insulina informa al cerebro de la situación energética de la periferia a corto plazo, mientras que la leptina, producida por adipocitos y astrocitos en el cerebro, puede ser considerada el medio de información acerca de la situación a largo plazo de la energía. En el ser humano, estos sistemas de asignación de energía han evolucionado a lo largo de las últimas 65.000 generaciones. Hay salud cuando funcionan bien los mecanismos de tracción, de forma que la energía es atraída al cerebro según demanda y el cuerpo no tiene que pasar a activar los mecanismos de empuje con los que, por así decirlo, la energía es «embutida» en el cerebro. La única solución para restablecer los mecanismos de empuje deficientes es, ¡menuda sorpresa!, moverse como lo hacían los antepasados lejanos del ser humano: en ayunas y con la grasa como combustible principal. En ese caso, a falta de combustible externo, el cuerpo se ve obligado a recurrir a una alternativa en forma de grasa almacenada.


La influencia de la alternancia de abundancia y falta de alimento

La supervivencia del Homo sapiens durante su evolución dependía de que encontrase comida, lo cual dependía a su vez de la actividad física. No obstante, la provisión de alimento nunca era regular. Los antiguos pescadores/cazadores-recolectores vivían ciclos de abundancia y escasez, llenos de periodos de actividad física y descanso. Para sobrevivir a los momentos de escasez, algunos genes han evolucionado para regular el uso y absorción eficientes del combustible («genes ahorradores»). Hay más pruebas convincentes que demuestran que esta parte del genoma se ha mantenido inalterada en esencia en los últimos 10.000 años, y de seguro no ha cambiado en los últimos 40-100 años. Aunque la ingesta absoluta de calorías del ser humano moderno probablemente sea menor en comparación con sus precursores pescadores/cazadores-recolectores, el equilibrio calórico relativo (ingesta menos consumo) es positivo. Esto es mayormente consecuencia del incremento del estilo de vida sedentario en la sociedad actual. La combinación de unas reservas de comida permanentes y la inactividad física hacen que deje de ser necesario el ciclo bioquímico evolutivamente programado a partir de la alternancia entre abundancia y escasez y entre actividad física y reposo. Esto a su vez influye en los ciclos de ciertos procesos del metabolismo, resultando finalmente en trastornos del mismo como la obesidad y la diabetes tipo 2. El ejercicio puede desempeñar un papel crucial a la hora de romper los procesos metabólicos estancados mediante la regulación de los «genes de la actividad física». En vista de las existencias de alimento ilimitadas, es improbable que el ser humano moderno de los países desarrollados se vea expuesto a hambrunas. Seguramente tampoco sean capaces de tolerar reducciones drásticas de calorías. Por tanto, la forma más lógica de volver a poner el ciclo de los procesos metabólicos en sintonía con su finalidad evolutiva es ofrecer suficiente actividad física. Esta puede contribuir a la absorción y metabolización de la glucosa y la grasa por parte de los músculos esqueléticos, restableciendo las expresiones fisiológicas de los genes ahorradores. Así se garantiza que los procesos metabólicos no se queden atascados y provoquen una acumulación patológica de las reservas de combustible.


Conclusión

Desde el punto de vista evolutivo, la falta de energía siempre ha sido uno de los estímulos para moverse. La escasez de energía, perceptible como hambre, está impulsada desde el cerebro («tracción») e induce la actividad espontánea: conducta de aprovisionamiento. Así pues, el ejercicio (¡en ayunas!) precede a la obtención de energía mediante el alimento. Al mismo tiempo, el ejercicio en ayunas regulaba la señalización y distribución de la energía por medio de la insulina y la leptina. El impulso de moverse en ayunas por falta de energía hoy en día está ausente, porque ya no nos tenemos que esforzar para encontrar comida. Tan pronto como sentimos hambre, la calmamos con lo que haya en la nevera y la despensa. Esto puede producir una alteración de la señalización y distribución de la energía a través de la insulina y la leptina. Hacer ejercicio en ayunas puede ayudar a restaurar estos sistemas y mejorar así la distribución de energía.

 

 

Ejercicio y energía desde la perspectiva evolutiva. (Primera Parte)

 

Desde un punto de vista evolutivo, el ejercicio tiene una influencia indispensable en el suministro de energía. Dentro de la psiconeuroinmunología clínica, la energía y su distribución tienen un papel central en la explicación y el abordaje de enfermedades y dolencias. En este artículo PNI profundizamos en el tema.

 


Aspectos evolutivos del ejercicio

El ejercicio físico forma parte de la vida humana ya desde el principio de la evolución. Los primeros homínidos como el austrolapiteco recorrían distancias relativamente cortas, mientras que el posterior Homo erectus andaba principalmente grandes distancias. Las personas de esta especie cazaban caza mayor, como elefantes, alces y uros. Hombres y mujeres, que cazaban en batida, eran capaces de caminar durante horas y correr hasta que el animal perseguido quedaba tan extenuado que caía casi espontáneamente. Para ello, los cazadores tenían que superar una serie de desafíos metabólicos. Sus características principales eran, por ejemplo, una buena termorregulación, teleoanticipación, desintoxicación eficaz de los productos de desecho metabólicos, distribución eficiente de las fuentes de energía, mantenimiento de la sangre, tejidos y niveles minerales del cuerpo y una forma de tomar decisiones que se adaptaba a su estilo de vida.

Estos desafíos exigían mucho del ser humano de entonces, pero al mismo tiempo proporcionaban éxito en la supervivencia, determinando con ello su evolución. El ser humano actual debe agradecerles su forma de desplazarse bipedestada, una piel sin pelo, glándulas sudoríparas (¡cuatro millones!) y una neuroanatomía dopaminérgica. También se volvió más corto el intestino, menor la masa muscular, más pequeño el dedo gordo del pie y mayor el almacenamiento de grasa en el tejido adiposo. Todas estas adaptaciones hicieron posible que los órganos internos y el aparato locomotor utilizasen menos energía, pudiendo así aumentar de tamaño el cerebro del Homo erectus hasta alcanzar el formato cerebral del Homo sapiens actual.


La actividad física como función del entorno vital

El ser humano posee más de seiscientos músculos. Incluso cuando no están activos, son responsables de aproximadamente el 25% de la energía que se consume en reposo. El metabolismo de los músculos reacciona inmediatamente al uso: solo si se estimulan con regularidad pueden seguir haciendo bien su tarea. Cuando no se utilizan los músculos, aunque sea por poco tiempo, la consecuencia es una pérdida funcional y, en casos extremos, incluso su atrofia.

El cuerpo humano no evolucionó en el entorno seguro y poco estimulante de los gimnasios o los campos de fútbol. Al igual que ocurre con otros mamíferos, el cuerpo humano evolucionó en la lucha por la supervivencia. En todos los estadios de la evolución, el ser humano ha tenido que moverse para conseguir comida cazando, recolectando o buscando agua. En caso de que el alimento o el agua no fuesen fáciles de obtener en el entorno, la gente tenía que recorrer distancias enormes para poder satisfacer estas necesidades. En las actuales poblaciones de pescadores/cazadores-recolectores estas condiciones siguen siendo las mismas.  Las observaciones que se han hecho de estos pescadores/cazadores-recolectores modernos permiten estimar la cantidad de ejercicio físico diario que hacía el ser humano antiguamente. Sobre la base de esos estudios se ha establecido que el cazador-recolector medio se movía una media de 30-40 km o entre cinco y seis horas al día.  No obstante, no lo hacía si no era absolutamente necesario, solo cuando faltaban fuentes de energía. Este dato da pie a la legítima hipótesis de que la cantidad media de ejercicio tiene que ser dividida en días en que se hace muchísimo y días con apenas nada. Pero cuando los seres humanos se ponían en movimiento, eran capaces de persistir durante muchísimo tiempo.

En la actualidad existen todavía poblaciones de pescadores/cazadores-recolectores que caminan por terrenos muy difíciles y hacen más de 80-100 km al día.  La cantidad media de ejercicio físico del ser humano occidental actual está muy por debajo. En el último par de milenios, ha disminuido radicalmente. A la hora de buscar un entorno vital adecuado para el ser humano hay que echar mano de las «condiciones de existencia» de nuestros ancestros. ,  ,   Ellos vivieron por mucho tiempo en un periodo en el que tenían que estar en alerta permanente ante toda clase de amenazas. Depredadores, hambre y enfermedad eran una realidad diaria a la que el ser humano se enfrentaba 24 horas al día. Sin embargo, ese entorno estresante no producía nunca epidemias de enfermedades occidentales como la depresión, la obesidad y otras de las llamadas enfermedades de la abundancia. Una importante razón para esto se halla precisamente en la actividad física que es inevitable en la lucha por la supervivencia. Esta actividad física se da en las poblaciones modernas de pescadores/cazadores-recolectores. En consecuencia, su condición física es muchísimo mejor que la del ser humano occidental actual. La cantidad de ejercicio físico de los pescadores/cazadores-recolectores modernos está aproximadamente al mismo nivel que en el Paleolítico. En comparación con los pescadores/cazadores-recolectores, la cantidad diaria de ejercicio físico en los países occidentales es aproximadamente un tercio del consumo de energía.

 

 

El ayuno y la restricción calórica mejoran la salud y aumentan la esperanza de vida

Un equipo de la Universidad de Harvard (EEUU) coordinado por la investigadora Heather Weir, ha comprobado -una vez más- que tanto ayunar temporalmente como restringir la cantidad de comida que se ingiere mejora la salud y aumenta la esperanza de vida al mejorar la comunicación con los peroxisomas, orgánulos que modulan el metabolismo de las grasas. El trabajo se ha publicado en Cell Metabolism y explica que ello se debe a que mantiene en mejor estado las redes mitocondriales, situación que disminuye con la edad. Lo comprobaron trabajando con gusanos Elegans que apenas viven dos semanas y permiten estudiar su rápido envejecimiento en laboratorio. Pues bien, según afirman puede lograrse algo similar manipulando genéticamente la proteína quinasa activada por AMP (AMPK) lo que a su juicio «induce a buscar ahí nuevas estrategias terapéuticas» 

El equipo pretende ahora conocer el  papel que tienen el ayuno y la restricción calórica en las redes mitocondriales y cómo ello afecta a la obesidad y al aumento del riesgo de padecer enfermedades relacionadas con la edad.

Grasa abdominal: cómo gestionarla (segunda parte)

Como evitar la grasa abdominal

 Come bien. Para evitar la acumulación de grasa abdominal es importante abandonar los azúcares, evitar los productos y alimentos procesados, comer alimentos frescos, encontrar un balance apropiado de macronutrientes y conocer tus necesidades calóricas para no excederlas. Comer alimentos ricos en fibras que tienen un alto poder saciante y vegetales frescos. Junto a ellos alimentos ricos en ácidos grasos omega3, pescado azul, frutos secos, huevos, aguacates repletos de nutrientes imprescindibles para tener un metabolismo flexible y con capacidad de adaptación.

También puedes optar por incrementar tu consumo de proteínas que también son más saciantes. Durante más 20 años de investigaciones se ha comprobado que incrementar las proteínas en la dieta regular tiene un efecto natural en la reducción de grasa y del perímetro abdominal.

Muévete bien. Si tu trabajo requiere que estés sentado durante horas, aprovecha cualquier momento para levantarte, caminar o hacer unos 10 burpees o sentadillas. Siempre que puedas evita las escaleras eléctricas o mecánicas y los ascensores, cada escalón que subes es un paso más para tener un abdomen más sano.

Practica ejercicio diariamente. Si tienes 60 minutos al día para entrenar, no lo dudes. Si el ejercicio es intenso tendrás tus beneficios asociados, no solo mejorarás la condición aeróbica si no que tu resistencia muscular mejorará y dependiendo del tipo de entrenamiento que hagas mejorarás otras características: fuerza, velocidad, potencia, elasticidad, movilidad, coordinación, agilidad, precisión, etc

Hidrátate bien. Mantener los niveles de agua apropiados dentro del cuerpo es fundamental no solo para eliminación de residuos tóxicos en el cuerpo y la hidratación celular, sino que los minerales ayudan a mantener un balance apropiado de tu organismo para la segregación de hormonas relacionadas con la quema de grasa, así como la oxidación de esta para transformarla en energía.

Además, puedes combinar con bebidas que tienen relación con la quema de grasa como té verde del que se han hecho varios estudios sobre la influencia de las catequinas que posee y el perfil lipídico de una persona, además de influencia en la reducción de grasa abdominal y triglicéridos.

Evita el estrés. Una forma de controlar el estrés es precisamente haciendo ejercicio ya que las endorfinas segregadas por tu cuerpo no solo te harán sentir mejor sino también reducirán los niveles de estrés así como los niveles de cortisol en la sangre.

También puedes utilizar la meditación y técnicas de respiración para mantener el estrés alejado de tu cuerpo.

Cuida tu hígado. El hígado es fundamental para mantener el cuerpo limpio, también sintetiza las proteínas y produce sustancias que favorecen la digestión. Más de 600 funciones realiza esta verdadera central nuclear biológica. Si no está en óptimas condiciones tu energía no fluirá adecuadamente.

Duerme bien.  Nuestro metabolismo está diseñado para aprovechar las horas de sueño para regenerar células y músculos. Además, mantenerte más horas despierto no solo aumentará tu estrés, también generará más cortisol (recuerda que el cuerpo tiene más receptores de cortisol en la zona abdominal) que se encarga de abrirte el apetito. Esto significa que en vez de estar durmiendo y sin alimentos (ósea en ayuno) en el cuerpo y usando tu grasa de reserva como energía, posiblemente estés comiendo más y dándole energía a tu cuerpo evitando que use la grasa abdominal almacenada.

Evita el azúcar. Es una de las razones por las que encontramos tantos problemas metabólicos y de obesidad en la población ya que si se consume en exceso el hígado no puede procesarlo por completo y se activan mecanismos del cuerpo que la convertirán en grasa. No solo eso, sino que también provoca resistencia a la insulina al estar circulando ésta continuamente por el cuerpo tratando de reducir el nivel de glucosa a los niveles homeostáticos que nos permiten vivir. El azúcar es adictivo como se ha demostrado en muchos experimentos con ratones y humanos.

Como quemar la grasa abdominal

A través de los entrenamientos interválicos de alta intensidad o HIIT.

Existen una gran cantidad de estudios sobre este tipo de entrenamiento, por ejemplo, un estudio comparativo entre el entrenamiento aeróbico y el HIIT demostró la eficacia de este último para perder grasa subcutánea. Los que realizaron HIIT perdieron durante el tiempo de estudio 13.9mm mientras que los que realizaron aeróbicos 4.5mm: a efectos prácticos, los HIIT obtuvieron 3 veces mejores resultados.

Además, la quema de grasa no termina con el tiempo que has dedicado al ejercicio ya que el cuerpo requiere mucho más tiempo para recomponerse a nivel bioquímico, a pesar de que ya hayas recuperado el aliento. Este efecto metabólico es conocido como EPOC o efecto afterburn.

Esto sucede por estas tres razones:

  • Durante los HIIT el cuerpo segrega hormonas diferentes que en otros tipos de entrenamiento. Entre estas destacan la hormona del crecimiento y la testosterona, que tienen como parte de sus funciones metabolizar la grasa de una manera diferente y más efectiva.
  • Cambios en la función mitocondrial, que son las encargadas de procesar la energía intracelular (en otras palabras, produce cambios ahí justo dónde se origina la energía que usan las células y que es el centro de energía de nuestro organismo en general).
  • Induce al efecto afterburn.

No todo es HIIT. Tu cuerpo agradecerá que combines en una semana varios tipos de entrenamiento porque es importante tener lo que se conoce como flexibilidad metabólica. Si tienes suficiente musculatura, muchas mitocondrias y un metabolismo basal elevado gracias a los HIIT, ahora tu entrenamiento de carrera te cundirá más. Además, no todo es perder grasa, trabajar con variabilidad y a diferentes intensidades es lo óptimo para estar sano y tener una buena recuperación muscular.

Para conseguir los objetivos anteriores puedes llevar a cabo un entrenamiento semanal que combine sesiones de CrossFit, Boxeo y Pilates Hit salpimentadas con alguna sesión de Yoga.

Todos los principios, conocimientos y prácticas expuestas en este artículo son los que se utilizan a nivel personalizado en las consultas de Psiconeuroinmunología Clínica que tienen unos resultados espectaculares no solo para la prevención de enfermedades metabólicas si no para la mejora incluso reversión de patologías crónicas como son todas las derivadas del amplio espectro del Síndrome Metabólico.

Fuente: Golden Health Box.

 

 

 

Ese compañero indeseable: la celulitis (primera parte)

Acompaña al más de 85% de las mujeres. Y es un compañero que nadie quiere tener.

Es un problema de cierta complejidad, pero se puede prevenir, ralentizar y en cierta medida revertir, pero es necesario conocer qué es, cómo y porqué aparece y de qué manera nos lo quitamos de encima.

 

En la aparición de la celulitis intervienen múltiples factores, todos ellos modulables, basados en gran medida en los hábitos y estilos de vida. Las hormonas siempre juegan un papel en todo ello, pero hasta en ellas se puede actuar. La genética interviene en todo proceso biológico, pero en este caso juega un papel muy poco importante, es básicamente una cuestión epigenética, esto es: ambiental y como nuestra forma de vida hace que determinados genes se expresen cuando no deberían hacerlo. En nuestro ADN tenemos todo el potencial destructivo para padecer casi cualquier enfermedad, pero nuestra forma de vida, a veces acertada y otras no tanto, hacen que dichos genes no lleguen nunca a expresarse.

La celulitis empieza con un deterioro de la dermis de manera que los capilares y vasos linfáticos se dilaten haciendo que la sangre permanezca más tiempo en ellos aumentando su permeabilidad. Da lugar a edemas en el tejido conjuntivo subcutáneo que poco a poco va modificando el tejido adiposo que existe de forma natural bajo la dermis formando unos islotes que no se distribuyen homogéneamente deteriorando el drenaje linfático acumulándose todos los desechos metabólicos, que de otra manera serían evacuados, tensionando la matriz de tejido conjuntivo formado por colágeno y elastina produciendo su deformación que termina teniendo como resultado esa indeseable “piel de naranja” que incluso puede llegar a doler al producirse la compresión de las terminaciones nerviosas sensitivas. No tiene por qué ser una patología derivada de la obesidad en particular, de hecho, muchas mujeres la padecen estando en normopeso aunque si es cierto que el sobrepeso y la obesidad es un factor con una clara correlación con la existencia de celulitis.

Además, los adipocitos (células del tejido adiposo) tienden a hipertrofiarse y siendo el tejido adiposo un órgano endocrino es capaz de emitir hormonas y crear un ambiente inflamatorio al que acuden nuestras defensas. Estas defensas al no encontrar un enemigo real, ya que no hay ningún tipo de infección, se asientan en la zona creando lo que se denomina una inflamación de bajo grado que sin suponer una respuesta aguda potente que nos genere incapacidad por fiebre, dolor y otra sintomatología si es cierto que produce síntomas más sutiles y un continuo gasto de energía que podría ser utilizada para otras cosas dentro de nuestro quehacer diario.

¿Qué factores intervienen en la aparición de la celulitis? Te lo contaremos en nuestro próximo artículo.

 

Fuente: Golden Health Box

 

 

Vivir junto a un bosque es bueno para la amígdala

En 2050, más del 70% de la población mundial vivirá en ciudades.

¿Pero nos sentimos en ellas como en casa?

Una ciudad no se parece en ningún aspecto a nuestro nicho evolutivo. Un nuevo estudio demuestra que nuestra amígdala siempre prospera mejor en las cercanías de un bosque.

Ansiedad, agresividad, emociones inconscientes: en todas estas vivencias tiene un papel primordial nuestra amígdala. La amígdala conecta nuestras experiencias en el entorno con nuestros sentimientos profundos y las almacena en la memoria a largo plazo, de modo que se puedan evitar más fácilmente en el futuro las experiencias desagradables.

¿Pero qué pasa si este entorno ya no es el que era? ¿Influye (inconscientemente) sobre cómo nos sentimos y sobre dónde queremos y no queremos estar? Investigadores del instituto Max Planck han estudiado estas cuestiones [1].

 

El bosque es mejor para la amígdala

Ya se sabía que hay más probabilidades de sufrir trastornos de ansiedad y estado de ánimo en la ciudad que en el campo [2]. La nueva investigación demuestra que los habitantes de ciudades que están muy cerca de un bosque tienen una amígdala más sana en cuanto a estructura.

Los participantes del estudio procedían del Berlin Aging Study II(BASE-II). En total, en él tomaron parte 341 adultos entre 61 y 82 años. Además de tests de memoria, se hicieron resonancias magnéticas de la amígdala y otras zonas del cerebro implicadas en el procesamiento del estrés. ¿Pero cómo se observó la influencia de un bosque cercano en la amígdala?

Sorprendentemente, no se utilizaron cuestionarios. Lo que se hizo fue enriquecer los datos de las resonancias con información GPS de los domicilios de los participantes. De esta forma quedó claro quién vivía cerca de un bosque y quién no. El resultado fue que las personas que vivían cerca de un bosque tenían una estructura de la amígdala más sana. Una amígdala saludable puede contribuir a una mayor resistencia al estrés y puede reducir el impacto de la ansiedad y otras emociones sobre el individuo.

Algo más que correr por el parque

Aunque se encontró una asociación entre una amígdala sana y vivir cerca de un bosque, no se encontró relación alguna entre la amígdala y las zonas verdes urbanas, los estanques artificiales y los solares sin construir. Darse una vuelta corriendo por el parque puede ser sano, pero es probable que no tenga ningún efecto sobre nuestra amígdala.

Por lo demás, aún no se sabe si se trata de una relación causa-efecto, ya que las personas con una amígdala más sana podrían tener una mayor tendencia a vivir cerca de un bosque, pero los investigadores consideran esto último muy poco probable.

Regulación de la emoción y el estrés

Recientemente se han encontrado más asociaciones entre la vida en la ciudad y el riesgo de desarrollar afecciones mentales. Este estudio fue publicado en Nature. En él se ve que hay dos zonas del cerebro especialmente sensibles a la influencia del entorno urbano. Ambas están implicadas en la regulación de la emoción y el estrés.

En palabras de los investigadores: «Las probabilidades de sufrir trastornos de ansiedad son un 21% mayores entre los urbanitas. Además, tienen un 39% más de probabilidad de tener trastornos del estado de ánimo. Por otra parte, la incidencia de la esquizofrenia es casi el doble de alta cuando las personas han nacido y crecido en la ciudad. El primer paso para solucionar esto es averiguar cómo funciona la biología subyacente».

Un pedacito de nuestro nicho evolutivo

El estudio recalca la importancia de recrear al máximo posible nuestro nicho evolutivo dentro de nuestro entorno actual. No solo por nuestra salud física, sino también para nuestro bienestar psíquico. Si es posible, la vida en (las cercanías de) un bosque es la idónea para reducir el estrés y la ansiedad.

Si no es posible, siempre hay que intentar estar al aire libre con regularidad. Y a este respecto es preferible una larga caminata por el bosque o un fin de semana en una cabaña en el bosque antes que pasar tiempo en zonas verdes de la ciudad.

Fuentes

  • Simone Kühn et al. In search of features that constitute an «enriched environment» in humans: Associations between geographical properties and brain structure, Scientific Reports (2017)
  • http://www.douglas.qc.ca/news/1103?locale=en